PANTALLAZOS

La cruz y la espada

martes, 9 de julio de 2024 · 23:04

De los seis cuatro, los tres primeros y el quinto, pero de los cuatro este; “Campanilla” número 179, negro, cuatro años y cinco hierbas, 620 kilos, poderoso, bien puesto de pitones. Exigió de salida a Emilio de Justo que le lanceó esforzado para meterlo en dos verónicas, dos chicuelinas y una media de rosca que sacudió la normalmente embotada y aita concurrencia tras la tradicional merienda del cuarto. Nada, la cosa era en el ruedo. De largo y pronto a las dos varas de Juan Bernal, traserillas pero justas. Algabeño y Pérez Valcarce, cumplieron con los palos oficiosamente.

Ahí fue cuando el ilustre de Torrejoncillo, enterado de lo que le había tocado se fue a los medios y lo brindó a la repleta plaza. Cuatro doblones genuflexos, un molinete, un cambio de mano y el de pecho, fueron un introito de torería estética y eficaz a una faena redonda, maciza, clásica, exenta de bisutería. Por la diestra, las dos primeras tandas establecieron las condiciones y el cartabón, temple, ligazón, mando y proximidad. El victoriano las firmó, con su fija y franca repetición, yendo y viniendo en concordancia. Pero no era esa concordancia boba que arroba las masas crédulas. No. Era exigente, galopada y emotiva.  Haciendo voltear a los jaraneros de sol que sentados al contrario en las barreras exhibían sus traseros, a los presentes y al mundo por TV.

Los seis naturales, los ayudados por bajo, los obligados, todo cómo y cuándo tocaba. La faena parecía demasiado clásica para el ardor sanferminero, pero no, los que la entendieron se impusieron sobre la bullosa y ya envinada fiesta. Cuatro naturales de una conmovedora lentitud, a cuerpo entregado, una trinchera y un semicircular por el pecho fueron quizá el culmen de la obra. La banda del maestro José Vicent Egea se oía pues el toreo veraz le había abierto espacio. Y así, así sin concesiones ni treguas continuó la pelea. Hasta terminar por bajo como había transcurrido casi toda, con un volapié de libro y una espada total en la cruz que le dieron al bravo el honroso final que mereció. Dos orejas ganadas y ovación al arrastre. Hubiese podido Emilio cortar al menos otra del buen segundo, pero el espadazo desprendido prolongó demasiado la agonía.

Ginés Marín, se llevó en el sorteo otro de los cuatro ases. El tercero. Noble, encastado, aunque blando. Le dosificó el vatiaje, luego de que se desgastara romaneando y tumbando a Ignacio Rodríguez con todo y su acorazado caballote. Y de nuevo atacó de largo, y empujó. Era bravo. Ginés quitó majamente por chicuelinas, nicanoras, revolera y brionesa. Chacón y Pérez fueron a lo que vinieron acertadamente. Brindó a la parroquia, se puso de rodillas y encadenó tres derechazos circulares uno más de pie y uno de pecho. Preciso abrebocas para las fogosas peñas. La nobleza fue bien comprendida por una mano izquierda pulcra y abundante, pero que no lograba cotas emocionales extremas por la blandura de los viajes y las medias alturas obligadas.

En esa tónica, la corrección del trasteo impedía la distracción, y la falta de furor la exaltación. Todo bien, todo bien… La estocada bien ejecutada, cayó desprendida pero fulminante. Y eso en Pamplona donde la suerte suprema sí es la suprema vale. Una oreja y palmas a los restos del bravo desforzado. El sexto fue el garbanzo negro. Manso y áspero terminó aceptando a las malas la autoridad de la muleta en el tiempo de alargue, cuando ya la juvenil clientela se había desentendido de él y ocupado su valioso tiempo en otras actividades lúdicas propias de su edad. La espada tendida pero letal firmó una tarde más en el regular expediente del jerezano.

Castella, pudo y no pudo. Con una compuesta y adusta faena al otro as de la baraja, logró romper la maldición del primer toro. Metió a todos en el talego, pero a la hora de cobrar, pinchó, tiró medio bajonazo, fue desarmado, y acabó con una estocada honda entre pitos a lo que hubiese debido ser un triunfó. En el arrastre besó al toro como pidiéndole disculpas. Al cuarto, raspador y exigente, alcanzó a bordarle una serie de cinco bellos y lentos derechazos. Lo demás de la prolongada brega fue meritorio, pero de nuevo el acero la decapitó. Cuatro pinchazos, y un descabello a toro sin estoquear.  

Seis toros, cinco de Victoriano del Río, y uno, 6º de Cortés, cuatreños 2º y 4º; 563 kilos promedio, bien presentados, armados, encastados y nobles. Que dieron para una tarde de mayor brillo torero y merecieron mejores muertes.