PACO DELGADO

El paraíso perdido


Si Milton levantara la cabeza, se supone que con el cerebro recompuesto, intacto y en su mejor momento de entendimiento y razón, se llevaría un no pequeño chasco al comprobar, cuatro siglos después de que se publicase su más famosa y célebre obra, cómo entiende la gente, sobre todo en España y en el ala más radical de su población, su epopeya sobre el bien y el mal, haciendo especia hincapié en la cuestión de porqué Dios permite el sufrimiento si en su mano está muy fácil evitarlo.

Piensan por estos lares, animalistas, pseudoecologistas, pacifistas de medio pelo y menos luces y gente que cree que todo el monte es orégano, que los animales tienen los mismos derechos que los humanos, a los que asimilan, achacando a la maldad de algunos hombres el daño que se les provoca. La tauromaquia, por supuesto, es el principal objetivo de este disparate, que no pasaría de graciosa y divertida anécdota sino estuviese, manipulado, azuzado y convenientemente engrasado con un enorme y parece que inagotable presupuesto. Los hombres malos, entre los que incluyen no sólo a los profesionales sino a todos los que acuden a la plaza, disfrutan con la muerte del animal y dan rienda suelta, a través de lo que toman por tortura, a un sadismo que evidencia gravísimas carencias emocionales y un alma tan negra como el carbón.

Creen que el toro es un animal que surge de manera espontánea en el campo y que su pacífica y bondadosa naturaleza excluye por completo la violencia y la lucha, siendo masacrados por el hombre para satisfacer sus más bajos y deleznables instintos. Por eso piden la abolición de un tan execrable espectáculo como las corridas de toros y aspiran a que se les deje vivir en su idílico y bucólico entorno, sin que la mano humana intervenga para nada en su cría, cuidado y selección.

Es tanta su incultura e ignorancia -no saben que el toro de lidia es inseparable del hombre desde que ambos coinciden sobre la faz de la tierra, que se trata de una especie nacida para la lucha, siendo su bravura todavía un misterio y cuya evolución es totalmente artificial-, sólo comparables a su mala fe y secretos objetivos, que más de uno de estos animalistas, pseudoecologistas, pacifistas de medio pelo y menos luces y gente que cree que todo el monte es orégano se ha llevado algo más que un buen susto cuando han pretendido tratar a un toro como si fuese un inocente perrito de compañía que no sale a de casa sino con correa y sólo para hacer sus necesidades en el parque más cercano.

Llega ya a tanto la estupidez que hace poco unas docenas de miembros -y miembras, sagrada igualdad de cupo- del Partido Animalista se manifestaron en Madrid, pidiendo la abolición del jamón serrano al grito de “No es jamón, es cerdo muerto”. Hay que volver al paraíso original, donde no hay maldad y todas la especies conviven en paz y armonía, tocando unos el arpa y pastando otros, dóciles y mansos como ovejas.

John Milton, con todas las aparentes contradicciones que han convertido su obra en una de las más enigmáticas y controvertidas de la literatura universal, no hizo otra cosa que una defensa de la libertad. Libertad que animalistas, pseudoecologistas, pacifistas de medio pelo y menos luces y gente que cree que todo el monte es orégano tiene para fastidiar al prójimo  a la vez que hacen el ridículo. Pero libertad también para quien decide dedicarse a una profesión legalmente establecida y tipificada y a disfrutar de una actividad cuyas raíces se pierden en el origen de los tiempos y que supone una de nuestras más claras señas de identidad y una de las más significativas manifestaciones de nuestra cultura. Y ahí es dónde más les duele. El diablo, Dios, Adán y Eva ya no saben qué pensar.

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