PACO DELGADO

De limosnas, burlas y actitud

Al menos, se desmonta así una de las falacias que argüyen y esgrimen los abolicionistas, la farsa de las subvenciones multimillonarias que recibe la Tauromaquia
jueves, 24 de enero de 2019 09:30
jueves, 24 de enero de 2019 09:30

En ese particular vía crucis a que el gobierno se ve abocado por mor de las ínfulas y delirios de grandeza de su presidente, que no tiene empacho en ponerse en manos de quien sea con tal de seguir gastando la Moncloa, el Falcon y mantener viva su ilusión de ser quien no es, ya se han propuesto las cuentas que se pretende sean aceptadas para no tener que prorrogar las que Rajoy estableciera en la legislatura anterior y hacer, otra vez, el ridículo y, quien sabe, si perder la poltrona. Vivimos presos de ambiciones ajenas y rehénes de políticos sin escrúpulos ni vergüenza.

Y en esas cuentas, allá al final, perdidas en columnas y columnas de partidas y capítulos, aparece, destinada a la tauromaquia, una cifra que no se sabe si es un error o es gasto previsto para pipas. 65.000 euros deja el gobierno de la nación a los toros. 65.000 euros que se reparten entre lo que se aparta para la Fundación del Toro de Lidia y lo que se deja para el Premio Nacional de Tauromaquia. Una birria.

No se entiende -bueno, sí que se entiende, claro que se entiende...- que se destine esta miseria a un espectáculo que genera más de doscientos mil puestos de trabajo; que, en en 2018, acumuló alrededor de cinco millones de entradas vendidas para presenciar corridas en directo; que aporta al a las arcas del Estado más de cuatrocientos millones de euros anuales y que por cada euro ingresado de forma directa en este negocio se generan casi tres en nuestro sistema económico...

Y menos se entiende aún -bueno, sí que se entiende, claro que se entiende...-, que para el cine, subvencionado con un euro por cada espectador, haya cien millones de euros; que 102 millones de euros sean para a la música y la danza, y 52 para el teatro. No quiere decir esto que a estas disciplinas no haya que dotarlas económicamente, claro que sí, pero en base a la repercusión social y aceptación para parte del público espectador. No cuadra para nada lo destinado a unos y las migajas que dejan para otros.

Al menos, se desmonta así una de las falacias que argüyen y esgrimen los abolicionistas, la farsa de las subvenciones multimillonarias que recibe la Tauromaquia, que, como se puede comprobar, es el último mono para nuestros dirigentes.

Pero tampoco hay que sorprenderse mucho con estas cuentas y el Estado hace ya mucho tiempo que tiene a este espectáculo olvidado y marginado. Habría que remontarse a medidos del siglo XIX para comprobar que alguien se preocupaba por él: el que fuera alcalde de Valencia, José Campo, que en un informe al Ministerio de la Gobernación fechado el 12 de octubre de 1846, aclaraba y explicaba que el toreo pasaba de ser un privilegio real o aristocrático a “función nacional”, esto es, propiedad del pueblo, de la Nación, en resumidas cuentas.

Ha llovido mucho desde entonces, ya lo creo, y a muchos no sólo se les ha olvidado aquel tan importante matiz, o puede que incluso ni lo conozcan. Y otros, interesadamente, no sólo lo pasan por alto, sino que dan un barniz peyorativo a ese adjetivo, buscando rédito partidista y particular.

Y, a fin de cuentas, más que subvenciones, lo que necesita el mundo del toro ahora mismo es que se acabe esa campaña en contra que mantienen los animalistas conchabados con políticos de medio pelo y, sobre todo, gente que eche la pata p’alante y tire del carro. Como dijo uno de los hombres más sabios que han dejado su huella sobre la faz de este planeta, Benjamin Franklin, el mejor medio de hacer bien a los pobres no es darles limosna, sino hacer que puedan vivir sin recibirla. Pues eso, más que dádivas lo que hace falta es que no se pongan obstáculos ni impedimentos a la celebración de festejos taurinos y que se permita su difusión, aunque para eso, como digo, es el propio sector el que debe arrimar el hombro.

 

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