PACO DELGADO

Fulgor y auge del grito

Ahora -y con la excepción de Las Ventas, donde apenas se solicitan premios, o muy de cuando en cuando, esas peticiones se hacen casi siempre a voces, sin echar mano del preceptivo moquero blanco
jueves, 30 de mayo de 2019 08:00
jueves, 30 de mayo de 2019 08:00

Es, y desde hace unos años, moda -y ya costumbre, creo-, que la gente que acude a una plaza a presenciar un festejo taurino acomode a su gusto, y sobre todo a su comodidad, preceptos hasta ahora tenidos si no como sagrados e inamovibles sí que como dogma y ley.

Una de esas normas era la de solicitar recompensa para los toreros agitando un pañuelo blanco -o, en su defecto, algo de ese color- para indicar su pretensión al palco presidencial, que veía así de manera rápida y notablemente eficaz y práctica si la petición era o no mayoritaria.

Ahora -y con la excepción de Las Ventas, donde apenas se solicitan premios, o muy de cuando en cuando, como si la concesión de trofeos fuese menoscabo para el prestigio o categoría del coso y no justa gratificación a una obra bien hecha y en agradecimiento a la satisfacción causada en el espectador por la obra del torero...- esas peticiones se hacen casi siempre a voces, sin echar mano del preceptivo moquero blanco. Está ya la gente tan acostumbrada a tenerlo todo al instante y en casa con apenas apretar un botón que creen que con vocear ese ¡¡yehhh!! de forma repetitiva la presidencia les hará caso. Y no es así. Se podría aducir que el máximo responsable de la función puede interpretar ese griterío como lo que en realidad es, pedir premio para el diestro o reconocimiento a lo hecho por él o por el toro, que también hay que echarle cuentas, pero -al margen de que las leyes no se interpretan sino que se aplican- también podría pensar, y no sería errado el hacerlo, que esas voces indican, por contra, disgusto por lo hecho por el matador que haya acabado su su turno. Y tampoco se llega a percibir con claridad ni seguridad si esa bulla es en verdad representativa de una mayoría o sólo de una parte que se hace oir mucho más.

¿Cuesta tanto echar mano del pañuelo y agitarlo al viento? Otra cosa sería, en pura fantasía, claro, que se modernizasen las plazas y en cada localidad se instalase, como por ejemplo, en las Cortes, un botón conectado a una pantalla y se viese de manera palmaria y nítida el número de peticiones, con lo cuál ya no habría duda alguna sobre la petición.

Otra cuestión, un tanto al margen, sería si esa petición se corresponde con la realidad, es decir, si ese premio que se pide está justificado o no. En la teoría la mayoría manda, pero bien sabido es que hay presidentes que relativizan esa demanda en función de la realidad de lo hecho, aunque eso les cueste una bronca. Reglamentariamente la petición mayoritaria es decisiva y suficiente para la concesión de una primera oreja, pero bien sabemos que son muchas las ocasiones en las que el público se deja llevar y quiere premiar faenas que han sido sólo voluntariosas o bullidoras; o, muchas más de las  deseables, rematadas con estocadas defectuosas que deberían anular automáticamente la consecución de trofeos. Presidentes hay que tienen su propio código, con una serie de puntos, que de no cumplirse, invalida, de manera unilateral, la petición pública, por muy mayoritaria que sea. No sé si es postura muy democrática, pero, desde luego, sí lo es de gran higiene taurina, pues de ceder un clavo se acaba perdiendo un reino.

Mejor lo explicaba Belmonte, cuando le comentaron que cómo era posible que un antiguo subalterno suyo hubiese llegado a ser un alto cargo público. El trianero, con su proverbial sensatez -que no tapaba su tartamudez- sentenció que degenerando, degenerando...
 

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