PACO DELGADO

Todo para el pueblo

jueves, 19 de septiembre de 2019 09:00
jueves, 19 de septiembre de 2019 09:00

Cada año, cuando acaba la feria de Albacete, me acuerdo de una frase que solía emplear el añorado Juan Posada: termina Albacete, comienza la otoñada. Unas palabras que te llenan de una cierta tristeza y melancolía por cuanto significan que el verano, las vacaciones y el esplendor de la fiesta son ya mero recuerdo. Pero, enseguida, recobra uno el ánimo al darse cuenta que, casi sin solución de continuidad, tras el largo, interesante e importante serial manchego llega la no menos larga, interesante e importante Feria de las Novilladas de Algemesí, la feria de más antigüedad, rango, categoría y prestigio de todas cuantas se dan teniendo como base al escalafón novilleril. Y ya se ha explicado y dicho muchas veces todo por cuanto así es: extensión, nivel de los actuantes, prestigio ganadero, asistencia, tradición y, en época de vacas flacas para quien no tiene consideración de figura, un trato económico que no suele aparecer en otros sitios.

Pero, al margen de todas esas consideraciones, que no son cosa baladí, hay que tener en cuenta algún otro dato. Sin más motivo religioso o civil que la tauromaquia, una ciudad entera se paraliza y vive única y exclusivamente por y para los toros. Un ejemplo de respeto no sólo a la tradición, sino a la voluntad popular.

Por otra parte, su peculiar y singular  plaza se monta tramo a tramo cada año por las distintas peñas de la ciudad y que han pujado en la subasta de dichos tendidos y que proporciona el presupuesto para el montaje de este ciclo.

Cuando en muchos otros lugares avanza la marea intolerante e intransigente de prohibiciones y restricciones en pro de lo políticamente correcto, en Algemesí se mantiene la tradición democrática y si el pueblo quiere bous, bous tiene. Si la gente quiere toros, toros tendrá. Como debe ser y como muchos otros deberían aprender.

Contrasta este comportamiento y sentimiento -ahora el equipo de gobierno de su Ayuntamiento es socialista, pero ha sido así desde tiempo inmemorial, con unos y con otros- con la actitud de los grupos más radicales del pueblo, que, también año tras año, provocan altercados y alteran el pacífico y festivo disfrute de esos días pidiendo que se prohíban los toros. Lo que a mí no me gusta, que lo prohíban. Actitud claramente antidemocrática en quienes, encima, tildan de fascistas a todo aquel que no piensa como ellos. El mundo al revés.

También muchos de nuestros políticos y asimilados deberían mirarse en el espejo algemesinense. Y el consejo va, por ejemplo, para la que fuera concejala del Ayuntamiento de Valencia Gloria Tello, la cual dejó dicho, y negro sobre blanco está, que si por ella fuese los toros los prohibía hoy mismo. O la directora y mentora del nuevo canal autonómico de radio y televisión, Empar, o Ampar -no sé ya ni como se escribe o se pronuncia, si normalizado o sin normalizar- Marco, quien antes de poner en marcha la cadena dejó bien claro que en la misma no habría sitio, espacio ni mención para la tauromaquia en ninguna de sus modalidades. En un ente público, que se sufraga con el dinero de todos. Y en una Comunidad en la que se dan diez mil festejos a año, cifra que indica bien a las claras cuáles son los gustos de los valencianos, a quienes, se supone, van dirigidas la televisión y radio públicas.

Se sueña la democracia perfecta, los ramos de olivos colocados sobre cabezas sabias, discutiéndose sobre los asuntos que a todos conciernen. Se nos llena la boca analizando racionalmente la eficiencia de la administración pública, de crecimiento económico, hablando de cultura, etc. Y luego va y llegan ellos. Y ellas. Venga, hombre... Que miren hacia Algemesí y aprendan.

 

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