El otoño dorado de Brines

jueves, 19 de noviembre de 2020 · 08:00

El poeta valenciano ha sido distinguido con uno de los premios literarios más importantes que se conceden en el mundo, lo que prestigia aun más a la tauromaquia, de la que es un ferviente partidario y defensor.

Francisco Brines es el ganador del premio Cervantes 2020 en su cuadragésimoquinta edición, un premio que hace justicia a uno de nuestros más grandes creadores contemporáneos, una de cuyas obras, El otoño de las rosas, es ya todo un clásico.

Tras estudiar Derecho y Filosofía y Letras, y haber ejercido de profesor en Cambridge y Oxford, se dedicó en cuerpo y alma a la literatura, habiendo ganado premios como el Nacional de Poesía, el Adonais o el de las Letras Valencianas -siendo, además, miembro de la Real Academia Española-, ha conseguido este que concede el Ministerio de Cultura imponiéndose a candidatos como Rafael Cadenas, Enrique Vila-Matas, Javier Marías, Luis Goytisolo o María Victoria Atencia.

Nacido en Oliva en 1932, de bien jovencito se aficionó a la a poesía leyendo a Becker, Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez, aunque su debilidad ha sido, y es, Luis Cernuda, a quien dedicó su discurso de ingreso en la Real Academia Española, en la que ocupó el sillón que dejó vacante Buero Vallejo: “Es Cernuda un poeta complejo, que concilia con sorprendente conformidad lo que podría parecer distante (pureza y amargura) y aun contrario (intimidad y distanciamiento): es clásico y romántico, poeta de un alto lirismo y acerbamente crítico, abierto con la misma intensa fruición a la tradición poética española y a las tradiciones poéticas de otras lenguas, metafísico y cotidiano, esteta y moralista”. 

Conversador amenísimo e incansable, la última vez que hablé con él me contó cómo las raíces de Sebastián Castella se hunden en La Safor (comarca a la que pertenece Oliva y donde se ubica su casa, L’Elca) y se extendieron por la baja Andalucía, algo que puede que ni el propio torero de Beziers sepa.

Muy amigo de Luis Francisco Esplá, es un gran aficionado a los toros, habiendo pertenecido durante muchos años al jurado de la Diputación de Valencia y participó en los actos programados en el llamado Año Ponce para celebrar el vigésimo aniversario de la alternativa del diestro de Chiva. 

 

Sólo comparable a sí mismo

Con motivo de la organización y montaje de la exposición “Los Toros son Cultura ¡Claro que sí!”, se le pidió su colaboración, accediendo encantado a formar parte de aquella muestra, y para el libro del mismo título, envió su particular visión de la tauromaquia como elemento cultural:

“La fiesta de los toros es el espectáculo más razonado y emocionante que se ha originado y logrado en España. Es la lucha a muerte entre un animal racional (el diestro: que debería aunar valentía, conocimiento y, en los mejores de ellos, arte plástico singularizado) y un animal irracional (el toro: belleza, pujanza constante acometividad) con un resultado siempre de muerte, en un breve y contado transcurso temporal. En el desafío también puede actuar el azar, como ocurre en la vida a menudo. Un espectáculo solo comparable a sí mismo”. 

También él es comparable sólo a sí mismo, siendo todo un acierto el que se le haya concedido este galardón, equiparable al Premio Nobel de Literatura en lengua castellana, aunque, a lo mejor, si esto hubiese sucedido hace unos años, lo habría disfrutado mucho más, dado su actual estada de salud. Parece como si las distinciones, al igual que los méritos, ni se mereciesen ni se acreditasen hasta que uno es ya muy mayor. El talento no tiene edad, y el de Brines tampoco límites. Ni siquiera temporales.

 

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