PACO DELGADO

La honradez vestida de luces

jueves, 12 de marzo de 2020 · 07:09

Decía el gran Juan Belmonte que se torea como se es. Y esa máxima la tuvo siempre en cuenta Julián García, un torero valiente, que lo dio siempre todo y que logró alcanzar los primeros puestos del escalafón.

No se le puede considerar como un estilista ni como un torero refinado o elegante. Sin embargo, Julián García, del que ahora se cumple medio siglo de su alternativa, fiel siempre a si mismo y al público, lo dio todo en la plaza y llegó a ser un torero importante en su tiempo.

Poco podía imaginar que llegaría tan alto en el mundo de los toros cuando a los 17 años mal cumplidos abandono Paterna del Madera, el pueblecito de Albacete donde había nacido el 18 de agosto de 1945, para venir a Valencia en busca de mejores horizontes, aunque su decisión de ser torero le costó enemistarse con su familia que no veía con buenos ojos el que se dedicarse profesionalmente al toreo.

Por mediación de un hermano suyo, que había emigrado antes y que estaba de encargado en la cafetería oeste, entró a trabajar en la cervecería La Puerta del Sol, en la calle Cádiz, local que regentaba Juan Clavel, hombre muy aficionado y que había apoderado ya a varios toreros de la tierra. Allí fue cuando empezó a tomar contacto con el ambiente taurino y las muchas fotos de toreros y carteles que decoraban el establecimiento le comenzaron a deslumbrar.

Aprovechando los festejos para noveles que organizaba el diario Levante, recortó más de 7.000 cupones para participar en uno de ellos y logró ser seleccionado para torear, representando al barrio de Sagunto. Eso ocurría en el año 1966 y aquella becerrada fue en la que por primera vez se vistió de luces. No desaprovechó la ocasión y cortó una oreja del novillo que mató, lo que le valió torear más festejos.

En 1968 debutó con picadores. El escenario fue, naturalmente, la plaza de Valencia y sus compañeros Ricardo de Fabra y Enrique Patón, con quienes mató una novillada del Conde de la Maza. Cortó otra oreja y su nombre comenzó a sonar ya más en serio. Y pese a que la mili le cortó en parte su ascendente marcha, consiguió sumar un buen número de actuaciones.

En la temporada siguiente se presentó en Las Ventas y se le ocurrió torear arrodillado en una silla. Díaz Cañabate bautizó aquello como “el pase del reclinatorio” y la frase y el pase hicieron fortuna.

Más de 70 novilladas hizo aquella temporada y quedó clasificado en el primer lugar del escalafón novilleril a pesar de las muchas cornadas que sufrió y tras haber toreado su última novillada en la feria de Guadalajara, el 8 de marzo de 1970 tomó la alternativa en Castellón, en la feria de la Magdalena, al ser sus apoderados empresarios de la plaza castellonense y caer aquel año el serial magdalenero antes de fallas. Se lidiaron toros de la familia Montalvo y junto a él actuaron Ángel Teruel, que hizo de testigo, y Paco Camino, que le convirtió en matador de toros al cederle la muerte del toro “Fardero”, al que antes de la ceremonia del doctorado le dio siete chicuelinas hasta que lo acabó tirando al suelo.

No se inmutó por ello el nuevo matador que le cortó la oreja a ese toro y las dos y el rabo del sexto, saliendo a hombros de la plaza y iniciando con éxito lo que sería una temporada triunfal.

A partir de aquel día y durante varios años su nombre fue habitual en las ferias, llegando hasta lograr abrir la puerta grande de Las Ventas.

Torero valiente y entregado, heterodoxo y racial, no practicaba un toreo clásico ni tampoco en ocasiones ortodoxo, pero lo daba todo a diario, en cada faena y en cada actuación.

Y eso, como siempre, el público supo reconocerlo y agradecerlo.

 

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