PACO DELGADO

Normalidad. O no

jueves, 16 de julio de 2020 · 07:05

Siempre se ha dicho, y así lo dicta la experiencia: hasta el rabo todo es toro. Nunca se puede cantar victoria antes de tiempo ni vender la piel del oso sin  haberlo cazado. La pandemia no está superada, ojo. El virus sigue haciendo daño.

Tras el fin del estado de alarma, superando muchas semanas de confinamiento, no pocos piensan que el mal está vencido. Y no es así. Todavía queda trecho por recorrer y hay que seguir extremando las precauciones para evitar una recaída de consecuencias impredecibles pero nada buenas.

Tampoco el toreo debe echar las campanas al vuelo y pensar que se puede volver a vivir como antes de que el coronavirus nos trastocase de manera tan tremenda. Y aunque se programen festejos, y ya se han celebrado algunos, hay que seguir manteniendo medidas de seguridad y protección frente a posibles contagios.

Pero, como lo cortés no quita lo valiente, no por ello hay que dejar de planificar y estudiar planes alternativos para que la actividad taurina siga su curso y no acabe acusando el golpe de manera mucho más dolorosa ni tenga consecuencias muchos más graves de las que ya padece por mor del dichoso bicho y que no sólo ha paralizado la temporada, sino que ha dejado ver la endeblez de un sistema que no tenía prevista para nada esta contingencia ni preparado un plan B. Dejarlo todo en manos de la providencia nunca ha sido solución práctica y pocos casos hay que se recuerden por el éxito de dicha iniciativa. Más bien al contrario.Trabajo es el medicamento y, siempre, el remedio ideal.

Con todo, no es mala cosa que haya sensación de normalidad. Un histórico de la tele, recientemente fallecido, de cuando Pilar Miró dirigía el ente, recibió de ésta el encargo de montar una revista, pensada para los espectadores, en la que se contasen planes y proyectos sobre lo que en pantalla iría apareciendo en meses venideros. Para ello se le asignó un equipo que, efectivamente, se limitó poco más que a cobrar a fin de mes. Pasado el tiempo, cuando la directora les convocó a una reunión para ver cómo avanzaba el proyecto, el encargado del mismo, que se hallaba en el mismo punto que cuando se lo pidieron, es decir, sin nada hecho, tranquilizó a su gente diciéndoles que había que aparentar normalidad. Naturalmente, aquella revista nunca vio la luz.

No conviene, sin embargo, aparentar una normalidad ficticia, dejando pasar el tiempo y que, a modo de luz de gas, confunda a la parroquia. No se puede, evidentemente, organizar funciones como si todo fuese igual que en la campaña pasada pero en modo alguno se puede dejar pasar un año en blanco y sin que el aficionado tenga ocasión de presenciar un mal festejo.

Ya son varios los que se anuncian en plazas de segunda o tercera pero en cosos de primera no hay asomo de programación. Ni unos ni otros se fían de ni unos ni otros y la temporada discurre casi en blanco. Y unos y otros deben darse cuenta de que vivimos un momento delicadísimo, con una normalidad ficticia, que pende de un fragilísimo hilo, y que si queremos que la tauromaquia salga a flote todos deben ceder y poner de su parte. Si se mantiene la intransigencia, si prima el interés particular sobre el colectivo, se corre el muy serio riesgo de que esto acabe como la revista que le encargaron a aquel histórico periodista.

Todas la partes implicadas en esta tan atípica situación -y no menos delicada-, deben ceder y poner de su parte. Sólo si se mira por el interés general es posible salir de la encrucijada en la que se halla el toreo ahora mismo y de la que no parece fácil salir así como así.

 

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