VIENTO DE LEVANTE

Derechos y torcidos

jueves, 14 de diciembre de 2023 · 08:56

La verdad es que no ganamos para sustos ni sobresaltos. También son ya cosa común y corriente los disgustos, sin que, al parecer, quede otro remedio que aguantar el chaparrón como buenamente se pueda y esperar a que escampe. Aunque el destrozo ocasionado por no tomar medidas sea importante.

Cuando apenas lleva un par de semanas calentando poltrona como máximo responsable del Ministerio de Cultura, que se dice pronto y como si no le diésemos la relevancia que en verdad encierra, su titular ya tiene al mundo del toro hasta las trancas simplemente por declaraciones pasadas y presuntas intenciones. No en vano, dado su talante y conocido su pensamiento, es lógico. 

No le dio tiempo siquiera a tomar posesión de su cargo cuando los animalistas ya le habían hecho llegar sus propuestas, peticiones e indicaciones, en las que la tauromaquia es objetivo si no número uno sí muy principal. Piden estos perturbados que se legisle para impedir que los menores de edad puedan presenciar festejos taurinos. Y que este tipo de funciones se programe fuera del llamado horario infantil. E incluir a los caballos de picar en la futura ley de protección animal, con lo que de prosperar esta iniciativa sólo se autorizarían espectáculos sin picadores...

Y ante preguntas insidiosas y que buscan titulares, el nuevo ministro lo ha dejado bien claro: “Cultura es todo aquello que impida gobernar a la derecha”. Ahí estamos.  Con ese planteamiento mal vamos y no sería de extrañar que de aquí a poco no sólo se hayan suprimido los -pocos- espacios dedicados a la cosa taurina en radio, televisión y prensa escrita sino que hasta, como ya leímos en la novela de Ray Bradbury y vimos en su adaptación que para el cine hizo Truffaut, se obligue a quemar todo aquello que sea o parezca literatura especializada en el tema taurino. Viva la libertad y viva la democracia (que ellos interpretan como quieren y sólo aplicada para sus gustos e intereses). Bien, Ander, bien. 

Pero no sólo la cosa está difícil por estos andurriales. En Méjico un juez acaba de cargarse la feria de Guadalajara, una de las más importantes de aquel país, al admitir y cursar una reclamación presentada por la organización animalista y antitaurina “Anima Naturalis”, que pide que se respete  “el derecho de los toros a la vida, a la libertad, a no ser torturados y a dejar de ser considerados propiedad de nadie”. Sí, no hay ninguna errata ni fallo al transcribir. Es textual. De nuevo Francis Wolff se desesperará al comprobar cuánta gente hace caso omiso de su sabiduría y siguen sin comprender que asignar sentimientos y derechos humanos a los animales es un disparate ético. No hay forma.

Se cancela, por tanto, un evento en el que se darían cita muchos miles de espectadores, truncando su ilusión por presenciar su espectáculo favorito, se deja sin ingresos a un elevado número de profesionales y se impide la obtención de beneficios a otros muchos negocios que giran alrededor del serial de Nuevo Progreso, uno de los cosos más importantes de Méjico, donde, no se olvide, permanece cerrada, desde hace ya demasiado tiempo, la plaza más relevante del estado azteca y la más grande del mundo, la Monumental de la capital federal, aunque hay fundadas esperanzas de que la situación revierta pronto. Como también lo está otra de las principales plazas de Hispanoamérica, la Santamaría de Bogotá, por capricho así mismo de un antitaurino furioso.

Y, mientras, la gente del toro parece mirar hacia otro lado como si todo esto no fuese con ellos. “Los toreros bastante tienen con ponerse delante del toro”, comentaba hace unos días quien fuese torero hace años y en la actualidad lleva plazas en Andalucía. También así vamos bien, sí.

Sólo se habla de derechos, y de manera equivocada casi siempre, pero nunca de deberes. Se da más importancia a esa barbaridad animalista que al trabajo de tantas y tantas personas, con lo que más que de derecho se está tratando de algo que va torcido, como el rumbo que lleva no sólo el negocio taurino: nuestra propia sociedad se columpia alegremente al borde del precipicio. Y, demás, silbando.