VIENTO DE LEVANTE

El arte de saber cerrar la boca

jueves, 18 de enero de 2024 · 08:53

La discreción siempre ha sido tenida como virtud, como prenda valiosa y preciosa que distingue a quien la posee o la sabe ejercer y emplear, bien con  buena intención, por naturaleza, bien por interés y con inteligencia.

De siempre se ha dicho y sabido que en boca cerrada no entran moscas, una expresión muy popular cuyo origen hay que buscar en el siglo XVI, cuando Carlos I reinaba en España y dominaba el mundo conocido y el que empezaba a ser conocido. Su notable prognatismo, una mandíbula inferior formidable que le obligaba a mantener la boca abierta casi constantemente, provocó que, durante una estancia en Calatayud, un paisano al verle, y sin saber de la naturaleza de aquel tic, le dijese que sería conveniente para Su Majestad que cerrase la boca ya que por aquellos pagos las moscas eran osadas y traviesas. La ocurrencia provocó risas en vez de enfado y cayó en gracia, incorporándose con el tiempo al refranero español, acompañada de la  moraleja que indica la importancia de  mantener silencio para no cometer equivocaciones, errores o imprudencias. 

Lo que se dice debe ser dicho de forma clara; sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar. Mark Twain ironizó sobre el particular abundando en la famosa frase del que fuera presidente americano Abraham Lincoln: es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda. Algo que no todos sabemos aplicar a tiempo. Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar, recordaba Hemingway.

Claro que, en muchas otras ocasiones, es preciso mojarse y dejar claras algunas cuestiones, dar explicaciones y zanjar asuntos que, de mantener el silencio y la duda, pueden generar más confusión y provocar situaciones que se entenderían de ser aclaradas a tiempo. A no ser, por supuesto, que de lo que se trate sea de lo contrario. De que se genere tal grado de tupición sobre algún tema que fuese mucho más práctico que exponer la realidad de las cosas.

El mundo taurino es especialmente proclive a este hermetismo y a ese silencio que pretende que tu mano derecha no sepa qué hace la izquierda. La presentación de las combinaciones que dan forma a la próxima feria de fallas de Valencia es un nuevo ejemplo de esta ley no escrita pero que parece tan implacable como la omertá, el código de honor siciliano que prohíbe informar sobre las actividades de los implicados en asuntos que les incumban.

En un acto de gran pompa y boato, con una asistencia de aficionados que ojalá sea indicativo del interés de la gente por los festejos que se anunciaban, se dieron a conocer los nombres de los protagonistas de este serial fallero y que ya habían filtrado determinados medios que disfrutan de la íntima complicidad de la empresa, sin que la incompatibilidad que se pide para ser juez y parte parezca en estos casos importar mucho. O nada.

Y en esta gran gala, no poca parte del interés de esa distribución de puestos, fechas y compañías, sobre todo para una buena fracción de medios de comunicación que no gozan del compadreo de otros -especialmente aquellos que sólo piden aplausos del sector o que se creen el ombligo del mundo del toro- con quien hace y deshace, estaba en saber los motivos por los que se quedaban fuera una serie de diestros que, debido a sus méritos en la temporada anterior, hubiesen debido estar en la primera gran feria de la temporada. De algo debe servir el triunfo constante, el dar la cara en todas partes y el estar bien a diario. Daniel Luque, Tomás Rufo, Fernando Adrián, Diego Ventura, Paco Ramos, eran nombres por los que cualquiera hubiese apostado en las quinielas previas. Pero no estuvieron en la lista ganadora.

A la hora de dar los motivos de estas ausencias, lo de siempre: no caben todos, a quien quitamos, no ha habido acuerdo, en otra ocasión estarán... todo antes que explicar que a este no lo hemos puesto por que pide un disparate, es un decir, a aquel porque no lleva a nadie y aquí de lo que se trata es de que funcione a tope la taquilla, al otro porque no ha transigido con el cartel ofrecido y así. Nada de eso. Buenas palabras, eso sí, cortesía, amabilidad, etcétera, y un acto glamouroso y amable, aunque en el aire sigan flotando aquellas dudas e incógnitas y los merecimientos conseguidos en el ruedo se desprecien en los despachos.