JORGE A. DIAZ REYES

Lo kitsch en el toreo XI

Entre los buenos cuentos de Hemingway, que contra el peso de sus novelas “best seller” siempre lo reflotarán en el mar de la literatura, uno en particular campea; El invicto.

Relato toreo, tiene como argumento una convicción, puntal de toda su obra, su vida, su muerte y su comunión con el culto taurino; el éxito es banal, el honor no.

Ninguna gloria es gloriosa, ninguna eterna. El aplauso es vano, la idolatría vulgar, el “sitio en la historia” un convenio social. Solo el propio respeto vale. Solo merecerlo, hasta la muerte, justifica la existencia.

Sus personajes son así, modestos por fuera, soberbios por dentro, héroes íntimos. Nick Adams “En nuestro tiempo”, Frederick Henry “Adiós a las armas”, Jake Barnes “Fiesta”, Robert Jordan “Por quién doblan las campanas”, Harry Morgan “Tener y no tener”, Santiago “El Viejo y el mar”… y él en su frase final de suicida premeditado: “Así es como he vivido y así es como debo vivir o no vivir”.

Manuel García (homenaje al desgraciado “Maera”)  “El invicto”, novillero viejo, pobre, con un hermano muerto en el ruedo, busca terco una corrida más. Zurito, su amigo, le implora el retiro, no le cree. Retana el empresario tampoco.

—No irá nadie— alega

—Tal vez la gente vaya para ver como muero—contesta.

Ante la promesa le da una nocturna, semi bufa.

—Con cualquier porquería que haya en los corrales.

Manuel vuelve a enfrentar sus miedos. Cuando acaricia el triunfo y oye los oles, aparecen de nuevo sus limitaciones, el fracaso, el escarnio y fatalmente la cornada. Herido, insiste contra las befas y los almohadillazos, una y otra vez, hasta matar el toro —¿Habéis visto hijos de perra!— exclama mientras tose y le llevan a la enfermería.

“No hay nada noble en ser superior al prójimo, la verdadera nobleza es ser superior a tu yo interior”. Credo vital que Hemingway celebró en las corridas y predicó en el papel.

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