JORGE A. DIAZ REYES

Lo kitsch en el toreo (XV)

Consejos a la Diosa

Unas notas del querido Paco Tijerina, publicadas desde Monterrey en Facebook, reproduciendo páginas de Conchita Cintrón, me han devuelto a su recuerdo. Virtual, no real, claro. Jamás la vi torear, se retiró cuando yo cumplía 5 años.

Sin embargo, su imagen me aparece ya desde aquel tiempo, en fragmentadas historias de mi padre, relatos de aficionados, impresos, películas y ahora Internet. Década tras década el retrato en lugar de amarillear y difuminarse ha ganado definición.

Pasó “La Diosa Rubia” por Bogotá siete tardes continuas de 1944, “Temporada Cintrón”, dejando una estela embobada entre la joven intelectualidad cachaca. Cuyos afectados, transidos de platónica pasión dieron en llamarse “Los Conchitos”. La encabezaban Hernando Santos y el, en infame hora asesinado, Guillermo Cano. Directores que fueron, a su vez, de los diarios más importantes de Colombia. El Tiempo y El Espectador, los cuales, bajo su mando se convirtieron por el resto del siglo en fervientes tribunas de la fiesta.

Tres rasgos avivan más la figura. Primero, el juvenil encanto que arrobó los públicos de América y Europa. Segundo, lo torera. Y tercero, uno que no pudo ser intuido por los ocupantes de plazas en su época, cuando alternaba con Juan Belmonte, Domingo Ortega, Chicuelo, Cagancho, Pepín Martín Vázquez, Antonio Bienvenida…, entre otros.

Me refiero a la gracia literaria, que afloró tras el retiro (1950) en columnas de periódicos (El Excelsior de México, El Comercio de Lima), revistas y libros. Como aquel agotado y ahora presa de bibliófilos “¿Por qué vuelven los toreros?” citado por Paco.

Destellos de clásica picaresca iluminan con realismo las memorias de la “diosa”.

—“Nada de arrimarse… cosas bonitas de lejos… eso de exponerse p´al gato… de aquí hay que llevarse el dinero, tomar posición… y con la música a otra parte…”

—Confiesa que le repetía “Litri”, el banderillero, mientras con su rudo cortejo, recorría España por aquellas martirizadas carreteras de posguerra.

Habría que reeditarla ¿Cierto?

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