OPINIÓN

Lo kitsch en el toreo (I)

Lo que diferencia la corrida de la crueldad que ven sus enemigos en ella, es la ética. Nada más. Cuando la pierde resulta indefensible. Rito de vida y muerte, rito de honor, es o no es.

El singular y milenario arte de torear es moral. El resto del arte, igual que la ciencia y la técnica son intrínsecamente amorales (no inmorales, ni morales; sin moral). Esas connotaciones no les pertenecen, se las atribuyen el observador, el receptor, el usuario. Una obra músical, un teorema, un gigabyte carecen de moral, per se.

“No hay libros morales o inmorales, hay libros bien o mal escritos”, alegaba Oscar Wilde durante su infame juicio. Igual podría decirse del resto; la poesía, la música, la pintura, la escultura… Por el contrario, el toreo es moral en sí mismo.

El apartado de un encierro, un lance, una vara, un par de banderillas, un pase, una estocada, el juzgamiento de una faena deben ser limpios, valientes, justos, leales, respetuosos, honestos para ser arte. Sino no. Aquí la estética depende de la ética. La implica esencialmente.

Para las otras artes, la falsedad es apenas cosa de identidad, que puede afectar el valor fetiche, histórico, comercial de la obra, mas no el estético. De hecho, hay imposturas más bellas que su original. Al toreo en cambio, la ilegitimidad lo aborta, pese a que pueda camuflarse bajo una vistosa coreografía.

Mendacidad, efectismo, abuso, trampa, manipulación, desvirtúan y pervierten la emoción en tontería o complicidad. A veces de manera imperceptible, impune, pero por ello más deleznable. Distinguirlo, pone al espectador a un lado u otro de la línea.

En este mundo pragmático, donde la rentabilidad y el interés particular pesan tanto, muchas veces, más que la decencia. Donde la malicia puede a cada vuelta emboscar la ingenuidad, el discernimiento no es fácil. Pero es deber de aficionado y de torero. En ello va su honor y su estética, juntos.

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