JORGE ARTURO DIAZ REYES

Entre T y G

Mis viejos amigos T y G, abogado y médico retirados, de buen pasar, eligieron desde jóvenes polos opuestos de afición, sin que sus diferencias los hayan enemistado.
martes, 30 de abril de 2019 17:00
martes, 30 de abril de 2019 17:00

Mis viejos amigos T y G, abogado y médico retirados, de buen pasar, eligieron desde jóvenes polos opuestos de afición, sin que sus diferencias los hayan enemistado. Aman los toros, cada cual a su manera y peregrinan tras ellos.

Al cabo de los años, conservan el tipo y talante contrapuestos. Uno enjuto, alto y puntilloso, el otro grueso, bajo y socarrón. El envejecimiento en lugar de atenuar ha reafirmado su antagonismo. Se caricaturizan mutuamente.

—Eres un miracorridas, entre más ves menos entiendes.

—Y tú farsante, posas de sabio descalificando todo.

He compartido con ellos viajes, tertulias y ferias completas en diversos lugares y “épocas”. A comienzos del siglo, junio treinta del 2.000 (por más veras, tengo notas). En la calurosa plaza de Algeciras, durante la lidia del tercer barral, formaron tal discusión que los vecinos divertidos, ignoraron el ruedo y se giraron hacia nosotros.

¿La causa? El Juli, muy joven, quien por entonces banderilleaba, cerró tercio con un par espectacular, por los adentros, detonando gran ovación. T se sumó a ella feliz y aplaudidor, mientras G indignado, con el puño en alto gritaba como si le hubiesen robado el reloj —¡A toro pasado! ¡A toro pasado!

El barullo copó atención en ese rincón del tendido con su mezcla de acento, localismos y manoteos. Los curiosos reían, y yo, neutral en tierra de nadie, sentado entre los contendientes no hallaba escape honorable de la batalla. Cobardemente, intentando negarlos, me desentendí como un manso, mirando al callejón, donde Joselito, quien al final saldría en hombros junto al discutido, conversaba con José Tomás, el otro alternante.

Cada vez que recuerdo aquello no puedo negarme a pensar que mis amigos han tenido razón siempre, al tiempo. Que la existencia misma de la fiesta lo prueba con su pasional convivencia de subjetividad y objetividad. Y qué si los modernizadores de oficio logran algún día eliminarle una de las dos, implantando chucherías como el VAR, la matarían.

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