JORGE ARTURO DÍAZ REYES

Bajando de la montaña

martes, 14 de enero de 2020 · 18:00

De Manizales a Cali, caer mil cien metros verticales y correr 258 kilómetros horizontales por una carretera mitad quebrada, mitad plana, mitad curva, mitad recta, mitad lenta, mitad veloz.

Cuatro horas largas, quieto, mirando el camino, repasando conocidos paisajes, oyendo el runrún del motor, la mente a vuelo de pájaro divagando libre. Lo reciente, lo viejo, lo próximo, lo lejano, lo bueno, lo malo…

Han pasado tantas cosas estos días. El despertar del año. El volver a la rutina. Los nuevos alcaldes tan pronto asumieron comenzaron a despotricar envalentonados contra las corridas. En España el gobierno recién conformado las amenaza. En México se reanuda la temporada grande. Bogotá y sus seis carteles en lontananza. La última semana. La soleada plaza en el filo. El mucho y devoto público. La inspirada faena nocturna de Arcila. La estocada suicida de Bolívar al avieso juanbernardo. Castella con la feria al hombro. El quite del Juli al segundo de la encerrona, cuántos recordaron en él a Pepe, hace ya tantos años. El imperfecto gran encierro de Barbero. Ese novillo sexto de Armerías tan bravo, quizá el más de la feria. Los pobres pitones y el resto, de los de Gutiérrez, tres ovacionados, uno de vuelta al ruedo. Ponce, idolatrado, aclamado y cantado sin estoquear sus toros. El estético Aguado ante un inválido. El Cid despidiéndose a hombros y volviendo a los dos días a torear de caridad. Rincón llorando. Camilo corriendo con su cámara por el callejón. El sorprendente palco. El “excepcional” pasodoble tocado cada rato. El “tendido joven” repleto y enrumbado siempre. Los ministros repantigados en sombra. La estupenda organización. La hospitalidad. Juan Carlos discreto. Las multitudinarias salidas de corrida. Ponchos y sombreros. Un río fluyendo cuesta arriba. Rafael Giraldo explicando y toreando al aire en la puerta del Yaripá. Mauricio Brand predicando en la cantina. Los viejos queridos amigos de siempre, el dolor por los que no llegaron. Los minutos de silencio. La ciudad toda enfiestada. Los mil espectáculos. La entrañable sonrisa de Laristy. Las populosas calles. El tango. El ron de la tierra. Las noches largas. El estruendo en el parque de Bolívar. El aroma de buen café. Manizales, tal cómo es, única, virtudes y defectos, campechanía y estilo, tradición y moda, será el último fortín de la fiesta en Colombia. Manizales ayer, Manizales siempre.

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