JORGE ARTURO DÍAZ REYES

Revista de prensa

martes, 14 de abril de 2020 12:54
martes, 14 de abril de 2020 12:54

La prensa taurina, también recluida y ayuna de su materia prima, las corridas; estacionada en un presente sin futuro predecible ha optado por la memoria, la reflexión y la imaginación. Salvo, claro, unos pocos medios que dejaron sus titulares de antes de la peste congelados.

Desde mi pantalla, como desde una cofa, la oteo día tras día, semana tras semana. Admirado por el ingenio y la tenacidad de los que la mantienen a flote en esta inmovilidad tensa y sin destino a la vista; pero además confirmado por ellos en mi vieja certeza de que la tauromaquia es asunto infinito.

A falta de primicias, reciclan y ahondan en historias a las que normalmente la temporada con su torrencial actualidad no daba lugar. Cuando cesaba Europa venía América y viceversa. Siempre habían hechos, de “última hora” para escoger. Ya no. Ahora no hay tema desechable y hay que echar mano de aquello que alguien dijo y García Márquez gustaba repetir; la literatura (y el periodismo es uno de sus géneros), consiste en hacer pequeñas las cosas grandes y grandes las pequeñas.

Baste repasar al vuelo algunos artículos recientes: Remembranza de los últimos 53 pasos y medio de paseíllo en Resurrección que dio Curro Romero, hace veinte años en el ruedo de la Maestranza. Homenaje a la melancolía de Antoñete. Advertencia para animalistas y no, de un científico desde Shanghái, de que más grave que desaparezca el lince es que desaparezcamos nosotros. Inventario de los bienes dejados por Pepe-Hillo tras la cornada mortal en 1801. Reclamo de la peña José y Juan, de que para honrar el centenario del uno no hay que desmerecer al otro. Conmemoración de cuando Mondeño se hizo fraile hace 35 años. Una vaca dificulta a Perera acrotalar un becerro. Espacio al monólogo de un perro...

Mientras por otro lado más tradicional, Andrés Amorós reseña diez trascendentales libros para la cuarentena. Barquerito dispara “Escritos del confinamiento”. C.R.V. publica su “Diario del estado de alarma”, De Labra en México no para de comentar y Guillermo Rodríguez en Bogotá de apuntar.

Notas entreveradas destacan: La solidaridad, la disciplina social y la valentía de sanitarios y socorristas. Quejas gremiales por el paro, el desamparo y el lucro cesante de profesionales y empresas. Llamados a los gobiernos, las respuestas, antirrespuestas, y la incertidumbre por el futuro de la fiesta, de la economía, del mundo. Por supuesto, persiste la publicidad, expresa y tácita, que financia el sistema.

La única verdadera noticia que llega, y que, como la corrida, aunque sin su honda belleza, nos vuelve a la fatalidad de la vida, es la cotidiana lista de obituarios, de miembros de la familia taurina caídos en esta pandemia:

El decano de los matadores de toros, Manolo Navarro. El banderillero palmirano Miguel Escobar “Miguelete”. Los ganaderos: Borja Domecq, de Jandilla. Joaquín Barral, de Barral. Antonio Bañuelos, de Bañuelos. Antonio González de Cantinuevo.

Los buenos aficionados: Marcelino Moronta, expresidente de Las Ventas. Enrique Múgica, exministro socialista. Emilio Escobar, tío de El Juli. Pedro Moreno, mexicano. El caleño Marino Franco.

Los trabajadores: Javier Heppe, exgerente de la plaza de de Bilbao. José Antón, apoderado. Héctor Escobar torilero de La Macarena en Medellín. Roberto Tapia, fotógrafo mexicano. Matías Vega el querido librero de Las Ventas y Pedro Cano, veterano almohadillero.

Los artistas y fieles aficionados: José María Galiana, cantautor y periodista taurino. Luis Eduardo Aute, músico, cineasta, escultor, pintor, poeta. Y muchos otros que apenado no alcanzó a mencionar, entre los ya más de ciento veinte mil fallecidos en el mundo. Todos pesan.

Y cada uno justifica re-citar el verso de John Donne, que dio título y epígrafe a la novela de Hemingway sobre la guerra civil española: “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad, por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.”  

Sin embargo, siendo el hombre factor común de la tragedia, tampoco han faltado quienes prefieren escatimar, incordiar o medrar en medio del espanto. Cómo ignorarlo.

 

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