JORGE ARTURO DÍAZ REYES

Lidiar o morir

martes, 2 de junio de 2020 · 16:11

En circunstancias extremas, reacciones humanas extremas. A límite, lo mejor y lo peor de la gente aflora. Fisiológico; la adrenalina toma el control. El cuerpo amenazado se dispone a la defensa o al ataque. Lo instintivo desborda lo racional y el mono desnudo sale de su recién adquirido ropaje mostrando los colmillos.

El hambre mortal induce al despojo, al asesinato, al canibalismo. El pánico a la estampida, el atropello, el aplastamiento de los débiles y los caídos. La regresión, al saqueo, la violación, la masacre. No es necesario citar ejemplos. ¿O sí? De balsas de náufragos, de multitudes huyendo, de hordas al asalto…

Pero aun en estos trances, pese a la gran fuerza interna de la biología (millones de años evolutivos), lo humano lucha por modular el comportamiento. Desde el hipotálamo, los civilizados reflejos autorrepresivos (no tanto la razón, que frecuentemente sirve a lo inhumano) luchan por oponer al desafuero contención, piedad, honor. ¿Vale otro ejemplo? El toreo.

Es una circunstancia extrema. En inferioridad física, un hombre armado solo con un trapo y un estoque de juguete, limitado por unos códigos éticos y estéticos, debe, ante una multitud de testigos-jueces, ofrecerse, someter al toro y a su propio miedo. No solo con decencia sino con belleza, y apenas en la suerte final atacar, pero de frente, dejándose ver, cruzando armas y a vida por vida.

Esta pandemia, que ha causado una crisis global sin precedentes (extrema), exige al toreo su palabra. Enfrentarla como es, con sus propios recursos y cánones, y si ha de morir en ella, que sea en su ley. Ahí está su historia reclamándolo.

Y cuando hablamos del toreo, hablamos de todo cuanto significa. No solo de lo pertinente al espectáculo-negocio-industria, que junto a la política (partidismos) parecen por estos días las únicas preocupaciones de los analistas. Claro, el empleo, el dinero, el poder importan, mucho. Y más el ejercicio de la libertad, la igualdad y la legalidad.

Pero antes importan, la identidad, el ser, los principios que no pueden encomendarse a las desesperadas peticiones de ayuda ni a “salvadores” de ocasión. Si la tauromaquia sobrevive a esta calamidad, y seguro que lo hará, como lo ha hecho por milenios frente a muchas otras, lo tendrá que hacer como antes, por sí misma, unida y sin vender su credo...

Sin plañir, incordiar ni rabiar. Actuando sobre la realidad, adecuándose a ella. Reiniciando con lo que hay: La afición, los toros, los toreros, la infraestructura. La corrida de pago televisada. Las magras concurrencias que permita la salubridad. Los costos acordes a los reducidos ingresos. Y la cuota de sufrimiento repartida con justicia entre cada uno de los que quieran seguir manteniendo el culto.

Si para ello los taurinos de hoy requieren inspiración, les convendría mirar atrás, abrir el Cossío y releer como lidiaron con la adversidad todos los que sacando lo mejor de sí honraron por siglos la fiesta y la vida. 

 

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