JORGE ARTURO DÍAZ REYES

Vivir sin toros…

martes, 14 de julio de 2020 · 13:48

¿Es posible? Claro. Y sin arte, y sin filosofía, y sin música, y sin literatura, y sin libros, y sin televisión, y sin teléfono, y sin piedad, y sin amor, y sin sexo, y sin justicia, y sin madre, y sin Dios, y sin ley, y sin civilización…

Es posible, claro, vivir también sin ropa, sin calzado, sin hogar, sin vehículo, sin mascota, sin propiedad, sin adorno, sin lujo, sin vanidad, sin ambición, sin humildad, sin odio, sin patria, sin bandera, sin himno…

Y sin otro, sin solidaridad, sin sociedad, sin responsabilidad, sin esperanza, sin intuición, sin valentía, sin decoro, sin imaginación, sin belleza, sin virtud, sin culpa, sin contemplación, sin razón, sin sentido…

Y sin pensamiento, sin lenguaje, sin memoria, sin tradición, sin historia, sin curiosidad, sin ciencia, sin moral, sin respeto, sin dignidad, sin crítica, sin autocrítica, sin política, sin orden, sin libertad, sin democracia …

Y sin cultura, sin orgullo, sin teatro, sin deporte, sin ambición, sin dinero, sin malicia, sin envidia, sin generosidad, sin rencor, sin amistad, sin desprecio, sin asombro, sin admiración, sin vergüenza, sin humanidad…

Es posible vegetar, ausentes, en presente. Vivir como las cosas en los escaparates. O como los protozoarios, con apenas lo básico vital: respiración, ingesta, deyección. O solo trabajar, trabajar y trabajar como los insectos. O como los rumiantes hilvanar los días bocado a bocado...

Sí, es posible vivir así, animalizados. Y aunque quizá el universo ni lo acusara, reconozcámoslo, seguramente nuestro minúsculo planeta estaría más puro y salvaje. Porque todo lo que nos hace humanos es naturalmente prescindible.

Pero lo que no es posible, por más que se pretenda, es desdiferenciarnos en la biología sin dejar de ser lo que somos. A los aficionados nos pueden imponer vivir sin toros, sin lo que nos significan, claro, como también sin todo lo demás. Ha sucedido, sucede. La cuestión es que aceptarlo nos haría menos humanos, más animales, ya no seríamos.  

Lo insinuaba Jean Cocteau: “No sé para qué sirve la poesía, pero sí sé que es imprescindible.”  Humanamente imprescindible.

 

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