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"Aunque lo visto en el ruedo en los últimos tiempos -para no hacerlo  muy largo: en lo que va de temporada, o, centrando todavía más el  tema, en este San Isidro que no parece tener fin- hace aflorar la  ilusión y la esperanza, con grandes actuaciones de muchos toreros y  muchos toros..."
Paco Delgado - 31/05/2018

Aunque lo visto en el ruedo en los últimos tiempos -para no hacerlo  muy largo: en lo que va de temporada, o, centrando todavía más el  tema, en este San Isidro que no parece tener fin- hace aflorar la  ilusión y la esperanza, con grandes actuaciones de muchos toreros y  muchos toros, también, dando juego y posibilidades, el panorama en  torno al espectáculo taurino, la tan denostada fiesta nacional, no  parece halagüeño ni pinta bien. Demasiados enemigos en contra, muchos  intereses en juego, un gran desconocimiento en quienes atacan y la  proverbial falta de unión del sector hacen que la situación sea complicada.

Y en esto van los profesionales y se mosquean entre sí. No es nuevo y  la rivalidad siempre ha sido acicate y abono para el crecimiento,  pero no creo que lo que me cuentan beneficie a un negocio que precisa  del apoyo, y sin fisuras, de todos.

No parece que entre la gente de plata esté ahora muy bien visto uno  de ellos, porque dicen, busca siempre sólo su lucimiento personal,  por encima de facilitar el triunfo a su jefe de filas. No es nuevo, y  la polémica y la controversia sobre el particular ha existido siempre  que alguien ha destacado, y más si ese brillo llega antes que faenas  luego de menos fuste...

Está claro, y es tan evidente como lógico, que la labor del peonaje  es ayudar en todo momento al matador a cuyas órdenes actúan,  dejándole ver el toro, sin molestarle, sin forzarle ni quebrantarle  en exceso... siempre que no fuese preciso. Eficacia, colocación,  solvencia, capacidad, disposición, capotazos justos, banderilleando  con suficiencia, equilibrio a favor de su matador y del toro....Y sin  hacer ruido. Esos son los banderilleros que siempre han sido cotizados y considerados “buenos”. Y de los que ahora mismo hay una  amplísima nómina: desde los más veteranos Carretero, Luján o Luis  Blázquez, hasta los más nuevos Iván García, Raúl Martí o Sergio  Aguilar, por no hacer muy larga la lista y sin olvidar a los Ambel,  Álvaro Montes, Curro Javier, Trujillo, Fini, Jocho, Puchi, Adalid,  Fernando Sánchez, Marco Galán, Cervantes o un larguísimo etcétera que  haría que alguno se quedara en el tintero injustamente y sin pretenderlo.

Pero no es menos cierto que la corrida de toros es un espectáculo  global y que a lo largo de su desarrollo no conviene dejar tiempos  muertos que aburran y cansen al espectador -que, por otra parte, no  se olvide, no goza de demasiadas comodidades en casi ninguna plaza y  al que no hay dar motivo alguno para que piense en ello-, y aunque  ahora mismo sea el último tercio el de mayor peso y trascendencia, no  ayuda dejar pasar en blanco los dos primeros, buscando no sé si la  floritura pero, desde luego, la admiración del respetable público.

Claro que nada debe hacerse en detrimento del toro -y es bien cierto  que un exceso de protagonismo en un subalterno puede acarrear, y de  hecho así sucede a veces, el estropear un toro, o reducir sus  posibilidades y por ende las del torero...- y todo en función del  lucimiento del espada, pero tampoco conviene ser un mero funcionario  que ejecute su labor como un rutinario trámite. Recordemos cuántas  veces se organizaron aquellas llamadas “cuadrillas de arte”, en las  que, sobre todo, los banderilleros eran casi tan protagonistas como  los que vestían de oro. Nombres como los de Curro Álvarez, Pepe y Manolo Ortiz, Paco Honrubia, Eliseo Capilla... dieron lustre e  importancia a formaciones con aquella denominación -y a cuya labor  habría que calificar como el arte de la cuadrilla-, y que hacían el  paseíllo tras diestros como Miguel Márquez, Jorge Gutiérrez o Pascual  Mezquita. Hace unos años, en Las Ventas, se obligó a dar la vuelta al  ruedo, antes de que se iniciase el último tercio, a los subalternos  que llevaba a su cuidado Javier Castaño, y lejos de crear tendencia,  aquel homenaje nunca se ha vuelto a producir.

Aunque sea el matador quien debe asumir el peso de la lidia, y con  ello, el éxito o el fracaso, tampoco está de más dejar lucir a quien  le auxilia, siempre en su justa medida y sin estridencias ni  exageraciones. Todo suma.

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